No dispongo del dominio verbal necesario para expresar lo mucho que me satisface dar clases de español en CEAR. Por ello, mediante un intento ingenuo, intentaré plasmar aquí lo que siento. No solo para recordarme en un futuro, si me hace falta, qué es estar viva, sino para hacer una visión retrospectiva y comparar cuán lejos estoy ya de lo que solíamos ser yo, mi vida y mi mente, o lo que es lo mismo: "la charca estancada".
Se sienten ya lejanos aquellos días que comenzaban a destiempo y terminaban a altas horas de la madrugada en la cama. Siempre estaba en la cama, porque dormir era la forma más rápida de evitar el día a día y, en general, el mundo que había más allá. Las ganas se habían marchado sin dejar rastro. La concentración y la motivación jugaban al escondite conmigo sin que yo pudiera elegir. Aprender ya no era tan interesante. Nada era tan interesante. No tenía razones para diseñar una rutina que me hiciera levantarme por la mañana y cuando intentaba imponérmela, fracasaba.
Recuerdo el dolor. A veces pasaba tanto tiempo tumbada en la cama que me dolía cada hueso del cuerpo. Notaba las costillas y las rodillas clavándose en el colchón como un martirio. Pero todo eso era agradable si lo comparamos con el dolor que sentía en el alma. Mi cabeza funcionaba a mil revoluciones por minuto, mas sin intención de proporcionarme nada bueno. Nadie te necesita, no aportas nada más que desilusiones y problemas. Eres inútil. No hay ninguna mirada que vaya dirigida a ti que no esté cargada de pena y decepción. Esta es tu vida, esto eres tú. ¿De verdad piensas que llegarás a alguna parte? No. Una y otra vez. Me taladraba la cabeza en todo momento. Daba igual que estuviera despierta o no, porque en sueños estos pensamientos aparecían en forma de pesadillas.
Nada mejoró cuando decidí llenar los periodos de tiempo en los que estaba despierta con comida y telebasura. Entonces se añadieron mensajes recordándome el peso que estaba cogiendo y cuán horrible me veía. Como la pescadilla que se muerde la cola: no sabía por dónde romper el ciclo. No me entraba mi ropa, por lo que menos aún me apetecía salir y entonces pasaba más tiempo en casa comiendo y durmiendo, y en consecuencia menos ropa me estaba bien, más fracasada me sentía, me distraía comiendo y me dormía para olvidar lo llena que estaba, etc.
Ciertamente no sé cuándo empezó todo, ni cuándo aprendí a tomar el control, porque no se trata de un resfriado. No puedes tomar pastillas durante dos semanas y estar como antes. Es un proceso paulatino de autodescubrimiento. Poco a poco aprendes a sentir cuándo todo se está empezando a caer; ya no te atropella. Más tarde aprendes a no cerrarte a los demás ni a encerrarte en tu habitación, a pesar de que pueda parecer en el momento una acción tan antinatural que te cause ansiedad. Cuando no te cierras a los demás aprendes a expresarte, a perder el miedo a ser estigmatizada. Cada vez dejas que entre la luz un poquito más en ti.
Muy poco a poco y con mucha paciencia (mía y de mi pareja) he salido de todo eso. He aprendido a brillar y a proyectar mi luz sobre gente que lo necesita, que me necesita. Me siento útil, realizada y orgullosa de lo que hago. Mis alumnos son una de mis grandes inspiraciones. Creo que les debo yo más a ellos de lo que ellos me deben a mí. Sé que nunca voy a estar bien. Pero también sé que del fondo se puede salir. Puede que esto no lo vea el primer día que recaiga, pero lo veré al séptimo o quizá a las dos semanas. Eso da igual. Por suerte tengo a mi lado a una persona maravillosa que no me abandona en ningún momento. Está ahí como el que le habla a una persona inconsciente hasta que abre los ojos.
Nadie como tú merece lo mejor de mí, porque solo tú estuviste cuando era mi peor versión. Por que nos sigamos moldeando y puliendo el uno al otro como hasta ahora por siempre. Te quiero.